Hay cumpleaños que se sienten distintos. No necesariamente por la edad —aunque 47 ya impone cierto respeto—, sino porque uno empieza a mirar hacia atrás con una mezcla de gratitud, nostalgia y curiosidad por lo que sigue. Este último año fue una especie de reencuentro conmigo mismo: con mis rutinas, mis silencios, mis ganas de moverme y de seguir creando. No todo fue perfecto, pero cada paso, incluso los más inciertos, me llevó a entender un poco mejor quién soy hoy.
Después de siete años trabajando en proyectos remotos, decidí regresar parcialmente a la “vida godín”. Dos días a la semana bastaron para recordar lo que se siente compartir café, ideas y risas fuera de Zoom. Necesitaba socializar, ver otras caras, escuchar otras historias. A veces, el simple hecho de salir de las cuatro paredes del home office puede ser una forma de terapia.
Los proyectos fueron y vinieron, algunos me exigieron más de lo esperado, otros me sorprendieron gratamente. Todos, sin excepción, me dejaron aprendizaje y claridad sobre lo que quiero seguir construyendo.
Este año también rompí una vieja costumbre: la de cargar con trabajo hasta en vacaciones. Por primera vez en mucho tiempo, me di un verdadero descanso y me fui a La Paz. Sin pendientes, sin laptop. Solo sol, mar y silencio. Un respiro que necesitaba desde hace años.
Otro de esos “caprichos” cumplidos fue vivir la experiencia NFL en vivo. Y no cualquier partido: pude ver jugar al equipo al que sigo desde hace tiempo. La vibra, el ambiente, la energía… fue algo que solo un verdadero fan puede entender.
En el plano más personal, la terapia siguió siendo mi brújula. Ese espacio donde se puede poner en orden el caos y aprender a dialogar con los demonios internos. También experimenté algo nuevo: una limpia energética. Y aunque suene místico, fue una forma simbólica de soltar lo que ya no debía cargar.
Este año cuidé más mi alimentación, aunque acepto que hacia el final se complica resistirse al pozole, los pambazos o el pan de muerto. En equilibrio, claro. Y, como siempre, seguí disfrutando del mezcal, mi fiel acompañante de charlas largas y pensamientos profundos.
Entre trabajo, vida y terapia, acumulé más series y películas en mi haber —sí, me declaro adicto—, pero de esas adicciones que te ayudan a desconectar un poco del ruido del mundo.
Por supuesto, hay áreas de oportunidad: leer más, moverme más, cuidar el cuerpo tanto como la mente. Y, sobre todo, aprender a adaptarme a una nueva realidad: mis hijas crecen, tienen otros intereses, y esa distancia natural también enseña. Enseña a soltar, acompañar y reinventar los vínculos.
A los 47 no busco tener todas las respuestas; busco seguir haciendo las preguntas correctas. Para este nuevo ciclo me propongo viajar más, emprender con más propósito, generar empleos, cuidar mi salud mental y volver a experimentar la ceremonia del ayahuasca. Hay otros propósitos más personales, reservados para mis círculos más cercanos, pero todos parten del mismo deseo: seguir creciendo sin perder la esencia.
Cada año que pasa confirmo que la vida no se trata de alcanzar una versión “perfecta” de uno mismo, sino de abrazar las versiones que nos han traído hasta aquí. Con sus aciertos, sus caídas y sus silencios.
Este 10 de noviembre, que cumplo 47 años, miro hacia atrás con gratitud y hacia adelante con ilusión. Porque los años no pesan cuando uno sigue encontrando razones para emocionarse, sorprenderse y agradecer.
La vida sigue siendo un misterio: así como comienza, puede terminar en cualquier momento. Por eso espero seguir experimentando historias, personas y lugares, tanto como la energía —y la curiosidad— lo permitan.
Feliz cumpleaños a mí. 🎂