Hace meses escribí que el éxito es un esfuerzo colectivo.
Lo sigo creyendo.
Pero hoy… lo entiendo diferente.
Porque no se trata solo de jugar en equipo.
Se trata de entender desde dónde estás jugando… y aceptar que ese lugar no siempre es el mismo.
Durante mucho tiempo pensé que aportar era sinónimo de destacar.
De ser el que mete el gol.
El que resuelve.
El que brilla.
Supongo que todos, en algún momento, lo pensamos.
Pero con los años —y curiosamente gracias a los deportes que practiqué— entendí algo que no te enseñan tan fácil en la vida laboral:
no siempre te toca jugar en la misma posición.
Y eso… lo cambia todo.
Porque sí, jugué fútbol.
Y no, no siempre fui delantero.
Fui portero.
Donde el error pesa más que cualquier acierto.
Donde puedes hacer diez cosas bien… y te van a recordar la que salió mal.
También fui lateral izquierdo.
Ese que corre toda la banda, que sube, que baja, que está… pero pocas veces es el protagonista.
Y también jugué como medio ofensivo por izquierda.
Ahí donde tienes que pensar rápido, crear, generar jugadas, conectar todo.
Tres posiciones distintas.
Tres formas de entender el juego.
Y en cada una… una responsabilidad completamente diferente.
También jugué béisbol.
En tercera base.
Ahí no hay mucho tiempo para pensar.
La bola viene rápido… y decides en segundos.
O reaccionas, o fallas.
Y sí, también corrí atletismo.
Relevo 4×100.
Fui tercer corredor.
El que no empieza la carrera… pero tampoco la termina.
El que recibe el ritmo y tiene la responsabilidad de no romperlo.
No puedes fallar el pase.
No puedes frenar.
No puedes improvisar de más.
Solo tienes que hacer bien tu parte… para que el siguiente pueda cerrar.
Con el tiempo entendí que todo eso se parece demasiado a la vida profesional.
Hay momentos donde te toca ser portero.
Sostener.
Responder.
Evitar que todo se caiga.
Otros donde eres lateral.
Haciendo el trabajo que nadie ve, pero que hace que todo funcione.
Y otros donde sí… te toca crear, proponer, liderar.
Pero también hay días —muchos— donde eres ese tercer corredor.
El que mantiene el ritmo.
El que no se luce… pero tampoco falla.
Y ahí está el punto.
Porque el problema es cuando creemos que solo vale una posición.
Que solo importa el que cierra la jugada.
El que aparece en la foto.
Cuando en realidad…
sin los demás, esa jugada ni siquiera existiría.
Hoy, emprendiendo con NÓMMADA, hay días donde me toca ser el que define la estrategia…
como un director técnico.
Pero incluso ahí, entendí que no se trata de dar órdenes…
sino de saber en qué posición puede rendir mejor cada jugador.
Hoy entiendo que el éxito no solo es colectivo.
Es dinámico.
Es saber que no siempre te toca el mismo rol…
y aun así, cumplirlo bien.
Porque no todos nacimos para meter el gol.
Pero todos somos parte de la jugada.
Y en el trabajo —como en la cancha—
a veces te toca liderar…
y otras, simplemente no fallar.