Capítulo 5 — La noche del coyote
Hay encuentros que no son accidentes…
son citas.
Mi abuelo no lo entendió en ese momento.
Pero después, cuando lo contaba, siempre regresaba a la misma idea:
—Eso ya sabía que yo iba a pasar por ahí.
Y no por él.
Por lo que llevaba.
El camino no se cerró esa tarde.
Se alineó.
Eso fue lo que mi abuelo entendió después…
pero en ese momento, lo único que sentía era que todo lo que lo rodeaba estaba… acomodado.
Como si cada árbol, cada sombra, cada tramo del sendero…
estuviera en el lugar exacto para algo.
Para alguien.
Para eso.
El aire era denso.
Pero no pesado.
Era… expectante.
Mi abuelo avanzaba lento.
No por miedo.
Por intuición.
Esa sensación de que cualquier movimiento en falso…
iba a activar algo.
El morral colgaba de su hombro.
Y la carta…
la carta ya no estaba quieta.
No vibraba como antes.
No.
Se sentía…
activa.
Como si reaccionara al entorno.
Como si… respondiera.
—Ahí entendí que no la estaba llevando yo… —me dijo—
ella me estaba llevando a mí.
Fue entonces cuando lo escuchó.
No detrás.
No a los lados.
Al frente.
Un sonido seco.
Un paso.
Luego otro.
Y otro.
Pero sin romper el silencio.
Sin alterar el monte.
Como si lo que caminaba… no perteneciera del todo a ese lugar.
Mi abuelo se detuvo.
No buscó.
No giró de inmediato.
Esperó.
Y entonces…
lo vio.
Entre los árboles.
Quieto.
Observando.
El coyote.
Pero no.
No era un coyote.
No completamente.
Era más grande.
Demasiado.
Su cuerpo parecía contenido… como si algo dentro de él no encajara.
Sus ojos…
no eran de animal.
Eran conscientes.
Demasiado conscientes.
Y no lo estaban mirando a él.
Estaban fijos…
en el morral.
En la carta.
—Ahí supe que no venía por mí… —me dijo—
venía por eso.
El nahual dio un paso.
Lento.
Seguro.
Sin tensión.
Sin duda.
Como quien camina hacia algo que le pertenece.
Mi abuelo retrocedió.
Un paso.
Instintivo.
Pero el nahual no reaccionó a él.
No atacó.
No aceleró.
Solo siguió avanzando…
hacia la carta.
El monte guardaba silencio.
Pero no era el mismo silencio de antes.
Este era… distinto.
No era ausencia.
Era observación.
Como si todo lo que habitaba ese lugar…
estuviera viendo lo mismo.
Esperando.
Midiendo.
Mi abuelo apretó el morral.
Y en ese instante…
los duendes.
Aparecieron.
Pero no como antes.
No en juego.
No en travesura.
En urgencia.
Ramas moviéndose.
Hojas agitándose.
Pequeños golpes contra su bicicleta.
Como si intentaran…
interrumpir.
No al nahual.
A él.
—No querían que avanzara… —me dijo—
pero tampoco podían detener lo que ya venía.
Una piedra salió disparada.
Cayó entre él y el nahual.
Otra.
Y otra.
Pequeñas.
Rápidas.
Pero constantes.
Como si quisieran romper esa línea invisible.
Esa conexión.
El nahual se detuvo.
Por primera vez.
No molesto.
No agresivo.
Atento.
Inclinó la cabeza.
Y entonces…
miró a los lados.
No a los duendes.
Más allá.
Como si los percibiera… pero no les diera importancia.
Como si supiera…
que no podían hacer nada.
Mi abuelo lo entendió en ese momento.
—Ellos no podían meterse… —me dijo—
no contra eso.
El nahual volvió a avanzar.
Más cerca.
Más claro.
Y entonces…
algo cambió.
Su forma.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Su lomo se tensó.
Sus patas…
se ajustaron.
Y por un instante…
su silueta…
no fue de coyote.
Fue otra cosa.
Algo más cercano a lo humano.
Algo…
que dolía ver.
Mi abuelo sintió un golpe en el pecho.
No físico.
Interno.
Como si algo en él reaccionara.
Como si esa presencia…
le exigiera algo.
El morral se movió.
Fuerte.
La carta.
Empujando.
Como si quisiera salir.
Como si…
respondiera al nahual.
El nahual se detuvo a unos metros.
Muy cerca.
Demasiado.
Y entonces…
ocurrió algo que mi abuelo nunca pudo explicar del todo.
El nahual…
esperó.
No atacó.
No avanzó más.
Se quedó ahí.
Observando.
Pero no a él.
A la carta.
Como si supiera…
que el siguiente movimiento…
no le correspondía.
Mi abuelo tragó saliva.
Miró el morral.
Luego al frente.
Y entonces lo entendió.
No era una persecución.
No era un encuentro.
Era una entrega.
Pero no como las otras.
No como las que hacía todos los días.
Esta…
tenía que decidirse.
Los duendes seguían alrededor.
Moviéndose.
Intentando.
Pero cada vez más lejos.
Como si hubiera un límite.
Una línea.
Que no podían cruzar.
—Ahí supe… —me dijo—
que ya no me estaban protegiendo…
me estaban dejando decidir.
El nahual dio un paso más.
Uno solo.
Y fue suficiente.
Para que todo quedara claro.
Eso no iba a terminar ahí.
Eso apenas estaba comenzando.
No todos los encuentros son enfrentamientos.
Algunos…
son elecciones.
Y lo más inquietante de todo…
es cuando entiendes que lo que tienes enfrente
no quiere hacerte daño…
quiere que hagas algo.
Porque en ese momento…
el peligro ya no está en lo que te persigue…
sino en lo que decides hacer con lo que cargas.