Cartas que no debieron entregarse

Capítulo 4 — La carta equivocada

Hay objetos que pesan más de lo que deberían.
No por su tamaño… sino por lo que cargan.

Mi abuelo siempre decía que uno aprende a reconocerlos.
No a simple vista.
No por cómo se ven.

Sino por cómo se sienten cuando los sostienes.

Y esa carta…
no se sentía como ninguna otra.


Después de aquella conversación con mi abuela, mi abuelo dejó de negar lo evidente.

Ya no hablaba del nahual como una historia de pueblo.
Ahora lo decía con cuidado… como quien menciona algo que podría estar escuchando.

Pero lo más extraño… es que no dejó de trabajar.

—El miedo no te da de comer —decía—.
Pero el descuido… sí te puede quitar la vida.

Así que siguió.

Misma rutina.
Mismos caminos.
Mismo monte.

Solo que ahora… nada era igual.

Los duendes aparecían menos.
Y cuando lo hacían… no jugaban.

Observaban.

Se sentían… atentos.

Como si estuvieran esperando algo.

O a alguien.

Fue en una de esas mañanas, en el centro donde recogía la correspondencia, cuando la vio.

No estaba con las demás.

No en el montón ordenado de cartas que el encargado le entregaba cada día.

Estaba aparte.

Sobre la mesa.

Sola.

—¿Y esta? —preguntó mi abuelo.

El encargado, un hombre mayor que llevaba años en el mismo lugar, levantó la mirada.

—No sé —respondió—. Llegó temprano. Nadie la registró.

—¿Y por qué no está con las demás?

El hombre dudó un segundo.

—No quise tocarla mucho.

Mi abuelo frunció el ceño.

Se acercó.

La carta era… rara.

El papel no estaba roto, pero sí gastado.
Como si hubiera pasado por muchas manos… o por mucho tiempo.

No tenía remitente.

No tenía sello claro.

Solo un nombre.

Escrito a mano.

Con tinta oscura.

—¿La vas a llevar o no? —preguntó el encargado.

Mi abuelo no respondió de inmediato.

Extendió la mano.

Y en cuanto sus dedos tocaron el papel…

lo sintió.

Ese frío.

No el del clima.

No el de la mañana.

Un frío interno.

Como si el papel estuviera… vivo.

La soltó de inmediato.

—¿Qué tienes? —preguntó el otro hombre.

—Nada… —dijo mi abuelo, aunque su voz no sonó convencida.

Volvió a tomarla.

Esta vez con más firmeza.

La revisó.

El nombre estaba ahí.

Claro.

Inconfundible.

Y lo peor…

era que conocía ese nombre.

No bien.

No cercano.

Pero sí lo suficiente como para saber…

que no le gustaba.

—La entrego —dijo finalmente.

La guardó en su morral.

Pero desde ese momento…

algo empezó a sentirse mal.

No después.

No en el camino.

Ahí mismo.

Como si la carta hubiera cambiado el aire a su alrededor.

Salió del centro.

Montó su bicicleta.

Y comenzó el recorrido.

Los primeros kilómetros fueron normales.

Dentro de lo que ya consideraba “normal”.

Silencio.

Pesadez.

Esa sensación constante de no estar solo.

Pero al entrar en la primera vereda…

los duendes aparecieron.

De golpe.

No uno.

Muchos.

Moviéndose rápido entre las hojas, entre los troncos, entre la tierra.

Pero no había risa.

No había juego.

Era movimiento… nervioso.

—¿Ahora qué traen…? —murmuró mi abuelo.

Siguió avanzando.

Pero los duendes no se calmaban.

Al contrario.

Se intensificaban.

Ramas moviéndose sin viento.
Piedras rodando a los lados del camino.
Pequeños golpes contra su bicicleta.

Como si quisieran llamar su atención.

Como si quisieran…

detenerlo.

Y entonces pasó.

El sombrero.

Cayó.

De su cabeza.

Sin que nadie lo tocara.

Mi abuelo frenó.

Lo recogió.

Miró alrededor.

Nada visible.

Pero el movimiento seguía.

—¿Qué quieren? —preguntó, ahora con más seriedad.

Silencio.

Un segundo.

Y luego…

un golpe seco.

Su morral.

Algo dentro se movió.

Mi abuelo lo abrió.

Revisó.

Todo en su lugar.

Menos una cosa.

La carta.

No estaba.

No la habían escondido… la habían sacado de mí.

Sintió un vacío en el estómago.

Revisó de nuevo.

Nada.

Se bajó de la bicicleta.

Miró alrededor.

El monte seguía agitado.

—No… —murmuró—. No hagan eso.

Dio un paso.

Y entonces la vio.

La carta.

En el suelo.

A unos metros.

Pero no estaba tirada.

Estaba… acomodada.

No parecía caída… parecía puesta… mirando hacia el camino.

Como si alguien la hubiera dejado ahí con intención.

Mi abuelo se acercó despacio.

La recogió.

Y en cuanto la tocó de nuevo…

No pesaba más… pero se sentía como si no quisiera quedarse conmigo.

el movimiento cesó.

De golpe.

Los duendes desaparecieron.

El monte quedó en silencio.

Pero no en uno cualquiera.

En ese silencio pesado.

Ese que ya conocía.

Ese que significaba…

que algo más estaba cerca.

Muy cerca.

Mi abuelo guardó la carta.

Cerró el morral.

Y siguió.

No porque quisiera.

Porque tenía que hacerlo.

El camino hacia ese destino era uno de los más complicados.

Estrecho.

Cubierto.

Con zonas donde la luz apenas se filtraba.

Y lo peor…

era que ya sabía algo.

Los duendes no querían que avanzara.

Y si ellos no querían…

era por algo.

Mientras más se acercaba…

más pesado se sentía el ambiente.

El aire.

El cuerpo.

Todo.

Como si algo lo estuviera empujando hacia atrás… sin tocarlo.

Y entonces…

lo escuchó.

Ese sonido.

Ese respiro.

Más claro que antes.

Más cercano.

No detrás.

No a los lados.

Al frente.

Mi abuelo se detuvo.

Por primera vez…

no sabía qué hacer.

Porque ahora no era algo siguiéndolo.

Era algo esperándolo.

Y la carta…

la carta iba en su morral.

Como si tuviera prisa.

Como si…

quisiera llegar.

—Ahí entendí… —me dijo—
que no todas las cartas necesitan que uno las entregue.

Algunas…

ya saben a dónde van.

Mi abuelo respiró hondo.

Ajustó el sombrero.

Y dio un paso.

Uno más.

Y otro.

Hacia ese punto del camino…

donde el monte ya no se sentía como monte.

Sino como algo…

que estaba abriéndose.


A veces creemos que elegimos nuestro camino.

Que decidimos qué cargar… y a dónde llevarlo.

Pero hay momentos…

en los que ya no eres tú quien lleva las cosas.

Son ellas…

las que te llevan a ti.

Y cuando eso pasa…

lo más peligroso no es lo que te espera al final del camino…

sino darte cuenta…

de que ya no puedes dar la vuelta.

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