Rafael caminaba por la ciudad sin rumbo, con los pies arrastrando el peso de lo inexplicable. Había pasado ya un par de días desde el último encuentro con la figura del espejo, pero no podía sacudir la sensación de que algo lo seguía. El bullicio de las calles era un ruido lejano, y las conversaciones de la gente a su alrededor parecían como ecos distantes, irreales.
Intentaba mantenerse distraído. Había dejado su casa atrás, convencido de que cualquier distancia podría ser suficiente para escapar de lo que sea que lo estuviera acechando. Sin embargo, no importaba cuán lejos caminara, la sensación no lo abandonaba. Era como si un peso invisible colgara de su espalda.
Decidió que debía encontrar ayuda. Por eso, sin pensarlo mucho, terminó frente a la puerta de un viejo edificio de ladrillos, la oficina de su psiquiatra de años atrás, el Dr. Medina. Rafael había dejado de asistir a las consultas hace algún tiempo, convencido de que podía vivir con las voces y las alucinaciones. Después de todo, llevaba toda su vida luchando con los síntomas de su esquizofrenia, aprendiendo a distinguir lo real de lo imaginario. Pero esto… esto era diferente. Las sombras que lo seguían no eran como las anteriores.
Tocó la puerta con fuerza. Las manos le temblaban.
—¿Rafael? —dijo una voz al abrir la puerta. Era el Dr. Medina, un hombre de aspecto cansado, con el cabello encanecido y gafas finas que parecían colgar de la punta de su nariz.
Rafael asintió, incapaz de encontrar palabras. El médico lo invitó a pasar y, tras sentarse frente a él en su pequeño y desordenado consultorio, el silencio se apoderó del espacio.
—¿Cómo estás, Rafael? Hace tiempo que no vienes.
Rafael lo miró por un momento antes de hablar, con la boca seca.
—Hay algo… —dudó—, algo en mi casa. No puedo explicarlo. Ya no sé si es solo mi mente jugando conmigo, pero siento que algo me sigue. Algo real.
El Dr. Medina lo miró con curiosidad, inclinándose hacia adelante.
—Cuéntame más. ¿Has visto algo? ¿Es como antes?
Rafael cerró los ojos, intentando juntar las piezas de sus recuerdos. Le contó sobre el espejo, la figura en la ventana, y el susurro de su nombre que se repetía una y otra vez en su cabeza. Medina lo escuchaba atentamente, sus ojos fijos en él, pero en ningún momento lo interrumpió.
—Las sombras son diferentes esta vez —dijo Rafael, con un temblor en la voz—. No se sienten como alucinaciones. Se sienten reales. Y no importa dónde vaya, siempre están allí. Me siguen.
Medina permaneció en silencio por unos segundos, evaluando lo que acababa de escuchar. Luego, con un leve suspiro, se levantó de su silla y caminó hacia una pequeña librería al fondo de la habitación. Sacó un libro viejo y polvoriento y lo colocó sobre la mesa frente a Rafael.
—He visto este tipo de casos antes —dijo el doctor en voz baja, con una seriedad que Rafael no había esperado—. A veces, lo que nuestra mente percibe como una alucinación puede ser… algo más. Algo que no comprendemos del todo.
Rafael frunció el ceño. El Dr. Medina nunca había sido tan críptico.
—¿Algo más? —preguntó, con un nudo formándose en su estómago.
Medina abrió el libro, mostrando una página llena de dibujos antiguos. Sombras humanoides, figuras alargadas, todas rodeando a un hombre en el centro. El texto estaba en un idioma que Rafael no reconocía.
—Algunas culturas creían en entidades que se manifestaban a través de los espejos. Sombras que podían escapar de su prisión si se alimentaban del miedo de las personas. Al principio, aparecen como reflejos inofensivos, pero a medida que uno les presta más atención, se hacen más fuertes, más reales —explicó Medina, mientras señalaba una de las figuras en la página—. He oído de pacientes que han descrito experiencias como la tuya, y siempre he intentado abordarlas desde la psicología. Pero, ¿y si hay algo más? Algo que nuestra ciencia no puede explicar.
Rafael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Está diciendo que esto es real?
Medina lo miró fijamente, con una mezcla de incertidumbre y preocupación.
—No lo sé, Rafael. Pero lo que sí sé es que, si les temes, se fortalecen. Debes enfrentar esto de una manera que hasta ahora no has considerado.
—¿Cómo? —preguntó Rafael, desesperado.
—Debes volver al espejo —respondió Medina, en un tono grave—. Y esta vez, no correr. De alguna manera, lo que sea que esté ocurriendo quiere algo de ti. Y no se detendrá hasta que lo enfrentes.
Rafael se quedó en silencio, procesando las palabras de su psiquiatra. ¿Volver al espejo? La idea lo aterraba, pero al mismo tiempo, sentía que era la única opción. El miedo le había arrebatado ya demasiadas noches. Y si había una oportunidad de acabar con todo esto, la tomaría.
Se despidió del Dr. Medina con una mezcla de ansiedad y resolución. Mientras caminaba de regreso a casa, sintió la misma presencia que lo había estado siguiendo. Pero esta vez, no aceleró el paso. Algo había cambiado dentro de él.
Al llegar a su apartamento, el aire parecía más pesado, como si las sombras estuvieran esperando. Se acercó al espejo del pasillo, el que tanto había evitado desde la primera aparición de la figura. Su reflejo lo miraba, igual que siempre. Pero Rafael sabía que no estaba solo.
El susurro lo alcanzó una vez más.
—Rafael…
El hombre cerró los ojos, respiró hondo y, con una valentía que ni él mismo entendía, se giró completamente hacia el espejo.
—Estoy aquí —dijo, en voz baja, mirando a los ojos de su propio reflejo—. ¿Qué quieres?
Y en ese momento, la figura oscura apareció de nuevo detrás de él. Esta vez, Rafael no corrió. No gritó. Solo observó, esperando. Pero la figura no se movió. En su lugar, su propia imagen en el espejo sonrió, una sonrisa torcida, imposible, que no coincidía con la neutralidad de su rostro real.
Entonces, el susurro se convirtió en una palabra clara y temida:
—Tú.
Rafael sintió un tirón en el pecho, como si algo estuviera tratando de arrastrarlo al otro lado del espejo.
El misterio se intensifica. ¿Qué significa esa palabra? ¿Qué hay al otro lado del espejo? ¿Es Rafael el verdadero objetivo o hay algo más en juego? ¡Nos leemos en el próximo capítulo!