Las fotografías tienen un poder mágico: pueden transportarnos en el tiempo y hacernos revivir momentos que creíamos olvidados. Hace unos días, en una visita a la casa de mis padrinos, Rosy y Pancho, ocurrió justamente eso. Entre risas y charlas, sacaron un viejo álbum de fotos. Al pasar las páginas, me topé con una imagen que me llevó directo a mi infancia, a aquellas reuniones en casa de Chabelita, mi abuela, donde el tiempo parecía detenerse y la familia lo era todo.

En casa de Chabelita, la reunión familiar era casi un ritual sagrado. Al menos una vez al mes, tíos y primos nos encontrábamos alrededor de la mesa, compartiendo comida, risas y anécdotas. Yo, siendo de los primos mayores, tenía la responsabilidad tácita de cuidar a los más pequeños, lo que usualmente significaba organizar un partido de fútbol en el patio. Mientras tanto, los adultos jugaban dominó, cartas y brindaban con un Bacardí o un Solera, celebrando la vida con cada sorbo.
Cada miembro de la familia dejó una marca en mí. Chabelita, la más fregona de las abuelas, siempre con su cigarro en mano y su voz fuerte, liderando la casa con carácter y amor, y su clásico “Luis, pon algo de música” que ambientaba cada reunión. Don Mele, con su sombrero y su genio fuerte, pero con un corazón noble que todos aprendimos a querer. Pancho y sus bailes únicos, siempre animando cualquier reunión, y Rosy, con su inconfundible “¡Ay, vida mía!” que nos hacía sentir queridos y en casa.
Los recuerdos se entrelazan con los rostros de mis tíos y primos. Juan, apasionado del fútbol americano y ferviente seguidor de los Bengalíes. Arturo, quien me prestó mis primeros libros de historia sobre la Segunda Guerra Mundial, alimentando una obsesión que marcaría mi infancia. Vicente, con su amor inquebrantable por el fútbol y las Chivas Rayadas. Luz María, la inagotable, la que con su energía nos enseñó a disfrutar la música disco de los 70s. Y las gemelas, Vero y Angie, nuestras queridas “chichicas”, cuya sazón y alegría siempre fueron el alma de cualquier celebración.
Y qué decir de los primos, cada uno con su propia esencia: Paco, el priomaniaco, metido en la computación; Edgar, el “toda mías”, ahora un sommelier; Charly, el High Energy, gracias a él conocí a una de mis bandas favoritas, ahora English teacher and sound master; Claudia, gran restauradora de arte, que aún recuerdo cuando se rompió la nariz; Bianca, la morenza, una gran mujer y educando desde la blanca Mérida; Vane, la primera que me dijo “abuelo” (¡te extraño!), ahora cuidándonos desde otro plano; Sony, la que parecía inocente, pero casi accionista del ASHA, ahora directora y a nada de ser mamá; Ary, gran abogada “presente” desde la lejana China; Mony, chef y emprendedora; Arturo, el cuenta chistes por excelencia, ahora emprendedor visionario; Mike “Unka”, dirigiendo su agencia; y el pequeño Marco, que hace tiempo dejó de serlo, forjando su prometedor futuro y siguiendo los pasos de su mamá, bailando siempre.
Algunos seguimos frecuentándonos, otros tomaron caminos diferentes y algunos más, tristemente, ya no están con nosotros. Sin embargo, cada uno dejó una huella imborrable en mi vida.
El álbum se cerró, pero los recuerdos siguen vivos. Me fui de la casa de mis padrinos con una sonrisa en el rostro y un nudo en la garganta, consciente de que esos momentos fueron únicos y que, aunque el tiempo pase y las circunstancias cambien, la esencia de nuestra familia siempre permanecerá en nosotros. Porque al final, lo más valioso que tenemos son las historias que compartimos, las risas que recordamos y el amor que nos une, más allá del tiempo y la distancia.