Una reta, una mala decisión y algo que no volvió a quedar igual

Desde muy pequeño, el deporte fue parte esencial de mi vida. No como obligación, sino como un espacio compartido, una tradición familiar sin pretensiones, pero cargada de emoción. Recuerdo vagamente ver partidos de béisbol y torneos de tenis con mi mamá, gritar goles frente al televisor con mi papá y reírme de los vuelos dramáticos de la lucha libre en casa de mi abuelo los fines de semana. Pero hay una escena que tengo grabada con nitidez: la final de los 100 metros planos en Seúl 88. En casa de mi abuela se detuvo todo. Literal. Todos en silencio frente a la televisión para ver apenas unos segundos de carrera. No entendía por qué tanta expectativa… hasta que dispararon el tiro de salida. A los pocos segundos, yo también estaba al borde del asiento. Desde entonces supe que el deporte tiene esa magia de atraparte sin pedir permiso.

Crecí practicando atletismo: relevos 4×100 y salto de altura, aunque mi verdadera pasión siempre fue el fútbol. Empecé como portero, después como defensa, y al paso de los años fui ocupando posiciones más ofensivas. En la prepa y la universidad, el béisbol apareció como una sorpresa grata, y ahí me hice habitual de la tercera base, intentando que no pasara nada por mi lado (bueno… casi nada).

Durante la infancia y adolescencia, el fútbol era todo. Más allá de la escuela, todo mi tiempo y energía se iba en partidos, entrenamientos y torneos. Hay tantas historias de esa época: finales perdidas que dolieron semanas, victorias agónicas celebradas como campeonatos del mundo, alguna que otra pelea de pasiones desbordadas, y sí, más de una lesión que me mandó a reposo obligado. Pero hoy quiero contar una historia que, la verdad, no sé si mi mamá conoce. Y si no, bueno… mamá, si estás leyendo esto, sorpresa.

Corría el quinto o sexto semestre de prepa. A unas cuadras de la escuela había unas canchas de fútbol rápido, debajo de unos puentes vehiculares. Eran de cemento, rodeadas de rejas altas, buenas para echar la reta… pero solo eso. Nada de lujo, nada de pasto sintético, pero suficiente para sudar y sacar el estrés.

Una día cualquiera, un grupo de amigos —incluido mi hermano (sí, ni modo, caímos juntos)— decidimos hacer lo impensable: salirnos de clases para ir a jugar. Lo sé. Mala idea. Pero en ese momento, se sintió como la mejor idea del mundo. Entre los que íbamos estaba también Lety, que no solo fue cómplice, sino pieza clave más adelante.

Al llegar, vimos que había unos chavos ya jugando. Eran mayores que nosotros, tal vez de universidad. Pero eso no nos detuvo. Los retamos, confiados en nuestras habilidades y en que “la juventud no se achica ante nadie”.

El partido comenzó con buen ritmo. Nosotros jugábamos bien, algunos compañeros tenían bastante talento y rápidamente tomamos ventaja. A los otros no les gustó. Supongo que no esperaban ser superados por un grupo de “mocosos de prepa”.

Entonces vino la jugada.

Estábamos en su área. Recibí un pase justo en los linderos, perfecto para disparar. Dos defensas se me vinieron encima, uno por cada lado. Bajé la cabeza un segundo para acomodar el balón, levanté la pierna para soltar el tiro y… todo se fue a negros.

No recuerdo si disparé o no. Si fue gol o ni siquiera alcancé. Solo recuerdo que de repente estaba en el suelo, rodeado por mis amigos, con un pequeño charco de sangre bajo mi rostro. Me habían dado un codazo.

Me levanté furioso, listo para encarar al tipo que me golpeó. Pero mis amigos me detuvieron, no por miedo a la bronca, sino porque todos estaban con cara de susto. Yo pensé que era por la sangre —las hemorragias nasales suelen ser escandalosas— pero alguien, no recuerdo quién, me soltó con un tono entre risa nerviosa y preocupación:

“Güey… tienes la nariz volteada.”

Ese fue mi momento Matrix. El tiempo se detuvo.

—¿Cómo que “volteada”? —pregunté tocándome la cara.

No dolía tanto, pero al sentirla comprendí que sí: el tabique estaba desviado, como si alguien le hubiera dado un giro leve a una perilla.

Alguien sensato propuso ir al médico, pero en mi cabeza solo había una preocupación: “Si voy al médico, mi mamá se va a enterar que me salí de clases.” Así de sencillo.

Fue entonces que Lety —sí, la misma que también se había saltado clase con nosotros— dijo que vivía cerca y que su papá era paramédico. Sin pensarlo dos veces, esa se volvió la mejor opción.

Fuimos a su casa, me revisó y con una calma de película me dijo: “Solo está desviado, vamos a acomodarlo”. Un pequeño e imperceptible crujido después, mi nariz volvió a su lugar. Me recomendó ir con un médico para una valoración completa. Le dije que sí… y bueno, aún estoy pendiente de esa cita médica. Ups.

No recuerdo si volví a la escuela ese día o me fui directo a casa. Lo que sí sé es que, hasta la fecha, no he tenido problemas. Al menos, no que yo sepa (aunque mi nariz aún guarda un leve recuerdo de aquel partido).

Mirando hacia atrás, hay algo entrañable en esta historia. No es solo el tabique chueco, ni el partido callejero, ni la travesura escolar. Es ese sentimiento de invencibilidad que tenemos en la juventud. Creemos que nada nos va a pasar, que todo se puede resolver con un “no pasa nada”, y que las consecuencias son solo para los adultos.

Hoy, muchos años después, entiendo que aquella tarde fue más que una anécdota con un final sangriento: fue una pequeña lección disfrazada de codazo. Una advertencia sutil de que nuestras decisiones —incluso las que tomamos por jugar un rato— pueden dejar marcas, literalmente.

Pero también fue una prueba de lealtad entre amigos, una historia que nos une, que se sigue contando con risas en las reuniones, y que confirma lo que siempre supe: en el deporte, como en la vida, uno aprende más en las derrotas, en los codazos y en las decisiones impulsivas, que en las victorias fáciles.

Y tú, ¿tienes alguna anécdota parecida que aún te saque una risa… o un pendiente con el doctor?

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