La frase “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” se atribuye al ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels. Aunque no hay certeza de que realmente la dijera, lo cierto es que retrata un mecanismo social que ha sobrevivido hasta nuestros días: repetir una idea tantas veces que termina instalada como verdad colectiva.
Ese mecanismo es la base de lo que hoy conocemos como posverdad, un fenómeno donde los hechos pierden peso frente a las emociones y las narrativas. Y aunque suele pensarse como algo exclusivo de la política, en realidad se cuela en múltiples rincones de nuestra vida diaria.
La posverdad más allá de la política
Ejemplos sobran:
- Publicidad: campañas que aseguran que un producto es “el número uno”, aunque no haya estudio serio detrás.
- Cultura pop: rumores sobre celebridades que, pese a ser desmentidos, persisten en la memoria colectiva.
- Deportes: discusiones eternas sobre quién es “el más grande” o “el mejor de la historia”, sostenidas más por pasión que por datos.
- Redes sociales: publicaciones que se validan como “ciertas” solo por acumular miles de likes o compartidos.
En todos estos casos, la repetición y la emoción pesan más que los hechos.
La política y la estrategia de la repetición diaria
Pero si en la publicidad o el entretenimiento la posverdad puede parecer un juego, en la política adquiere otra magnitud: se convierte en un instrumento de poder.
En México, los gobiernos siempre han jugado con el discurso, moldeando cifras y relatos a conveniencia. Sin embargo, en los últimos años se instauró una práctica inédita: las mañaneras.
Estas conferencias diarias no solo funcionan como un espacio de comunicación, sino como un aparato sistemático de repetición. Cada mañana se lanzan datos, interpretaciones y afirmaciones que, al transmitirse sin intermediarios, se instalan con facilidad en la opinión pública. El detalle es que muchas veces son cifras parciales o cuestionables, pero la constante reiteración hace que, para buena parte de la audiencia, terminen convertidas en “verdad”.
La estrategia es brillante en términos de comunicación política: un micrófono encendido todos los días, frente a millones de personas, asegurando que lo dicho tiene carácter de certeza. El riesgo, sin embargo, es que la verdad se defina más por la insistencia que por la comprobación.
El verdadero problema de la posverdad no radica solo en quien la ejerce, sino en una sociedad que deja de cuestionar. Cuando aceptamos lo repetido sin verificar, nos convertimos en cómplices de un sistema donde la emoción pesa más que el dato.
No se trata de desconfiar de todo, pero sí de asumir la responsabilidad de contrastar. Porque la democracia no se sostiene con seguidores fieles, sino con ciudadanos críticos capaces de preguntar: “¿esto será cierto?, ¿qué dicen otras fuentes?, ¿qué dicen los números?”.
La posverdad no es exclusiva de México ni de un partido político, pero aquí ha encontrado terreno fértil con un formato tan simple como efectivo: hablar todos los días desde las mañaneras. Lo que se repite sin descanso queda sembrado en el imaginario colectivo, sea verdad o no.
Al final, la pregunta queda en nuestras manos: ¿dejaremos que la verdad se defina por quien tenga más tiempo frente al micrófono, o asumiremos el reto de construirla con hechos comprobables y criterio propio?