86,400 segundos

Si tuvieras $86,400 y alguien te roba $10,
¿entregarías los $86,390 que te quedan solo por vengarte?
¿O seguirías adelante con tu vida?
Seguir adelante, ¿cierto?
Bueno… la vida nos regala 86,400 segundos cada día.

No recordaba que tenía esta reflexión guardada. Estaba ahí, perdida entre notas viejas, esperando sin saberlo. Hoy, por esas cosas del destino, me dio por revisar apuntes pasados y de pronto me saltó frente a los ojos. Justo en medio de un día familiar muy complicado, de esos que se van cargando poco a poco hasta que ya no dan más. Un problema que lleva más de un mes sin resolverse llegó hoy a un punto insostenible y todo se desbordó.

No voy a fingir fortaleza. Me sentí frustrado, triste, enojado, con rabia… y sí, con ganas de venganza. Esa sensación incómoda que aparece cuando algo se siente profundamente injusto y no depende del todo de ti. Lloré. Y no, no me avergüenza decirlo. Con la edad uno se vuelve más sensible… o tal vez más honesto consigo mismo. Ese llanto fue una forma de sacar la rabia del cuerpo, de no dejarla estacionada en la cabeza ni convertirla en decisiones impulsivas.

Cuando terminé, el problema seguía ahí, pero yo ya no era el mismo. La urgencia por vengarme se transformó en la necesidad de pensar con más calma, de recuperar un poco de claridad y de buscar soluciones reales, de esas que sí están a mi alcance. Entendí que quedarme enganchado al enojo solo iba a costarme tiempo, energía y más desgaste del necesario.

Es duro aceptar que muchas veces hay personas que pagan por errores que no cometieron. Errores ajenos, quizá sin mala intención, pero con consecuencias muy reales para terceros. Ahí es donde duele más. Donde la vida se siente injusta y pesada. Y también es ahí donde estos momentos te ponen a prueba, te muestran de qué estás hecho y quiénes están contigo cuando las cosas se ponen difíciles.

La vida no siempre es amable. A veces te sacude y te obliga a mirar de frente lo que preferirías evitar. En días como este, el tiempo se estira; cada minuto pesa y solo deseas que todo se acomode de una vez. Aun así, tengo la certeza —aunque hoy cueste verla— de que cuando esto pase vendrá un periodo largo de luz. No porque todo sea perfecto, sino porque algo se ordena por dentro.

Cada día tenemos 86,400 segundos. No siempre podemos decidir lo que ocurre, pero sí qué hacemos con el tiempo que nos queda después del golpe. Seguir adelante no significa minimizar lo que duele ni hacer como si nada pasara; significa no regalar el resto del día, de la semana o de la vida a la rabia y al rencor.

Tal vez algunas ocasiones quedan. Quedan pendientes, quedan heridas abiertas, quedan silencios incómodos. Pero también queda la posibilidad de elegir distinto cada día. Mientras tenga segundos por delante, prefiero invertirlos en sanar, en cuidar a los míos y en buscar soluciones que construyan algo, aunque sea poco a poco.

La venganza consume tiempo.
La paz, aunque cueste, lo multiplica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar