Cartas que no debieron entregarse

Capítulo 1 — El hombre que hablaba con el monte

Hay historias que uno recuerda con cariño… y otras que se quedan pegadas en la memoria como una espina.

Esta no es de las primeras.

La escuché muchas veces, siempre de la misma voz, siempre en el mismo tono… ese tono raro que tienen los adultos cuando no saben si deberían estar contando algo o guardárselo para siempre.

Mi abuelo, Don Manuel, nunca fue un hombre de exagerar.
Por eso, cuando hablaba de duendes… uno escuchaba.
Y cuando bajaba la voz para mencionar al nahual… uno entendía que ahí empezaba algo distinto.


Mi abuelo se llamaba Manuel, pero en el pueblo nadie le decía así. Era Don Manuel.
Cartero de oficio. De los de antes.

Bigote bien cuidado, camisa fajada, pantalón de vestir aunque el calor pegara como martillo, y un sombrero que rara vez se quitaba. Decía que no era por estilo… era por respeto. “Al sol, al trabajo… y a lo que uno no ve”.

Vivía con mi abuela Rosita en una casa modesta, de paredes claras y techo bajo, donde siempre olía a tela recién cortada y a café de olla. Ella era costurera. De esas que no solo hacían vestidos… hacían historias. Cada puntada tenía nombre, destino, ocasión.

Entre los dos sacaron adelante a cinco hijos:
Joaquín, el mayor, serio como su padre;
Federico y José, más inquietos, más de campo;
y las dos más chicas, Marisol y Guadalupe, que todavía iban a la escuela con trenzas bien apretadas y cuadernos forrados con papel de colores.

Era una vida sencilla.
Pero no era una vida tranquila.

Mi abuelo salía todos los días antes de que el sol terminara de despertar.
A esa hora en la Huasteca veracruzana, el aire todavía se siente húmedo, espeso, como si el monte respirara lento, observando.

Montaba su bicicleta, una vieja pero fiel, y recorría varios kilómetros hasta el centro para recoger la correspondencia. Cartas, paquetes, noticias… alegrías y desgracias envueltas en sobres.

Y luego venía lo más pesado: repartir.

Camino tras camino, vereda tras vereda. Entre árboles, ríos pequeños, tierra suelta y silencios largos.
Muy largos.

Yo de niño le preguntaba si no le daba miedo.

Él se reía.

—Miedo no, mijo… —me decía—. Pero respeto, sí. Mucho respeto.

Porque, según él, nunca iba solo.

Decía que en esos caminos lo acompañaban duendes.

No como los de los cuentos bonitos. No.
Estos eran pequeños, rápidos, casi invisibles si no sabías mirar bien. Se movían entre las hojas, entre las raíces, entre los troncos caídos. A veces los escuchaba antes de verlos: risitas, pasos diminutos, el sonido de algo que se arrastra sin peso.

—Son traviesos —decía—. Pero cuidan.

Le escondían el gorro, le cambiaban de lugar el morral, le movían el lunch que mi abuela le preparaba con tanto cariño.
Pero también —y esto lo decía más serio— le limpiaban el camino.

Ramas que no estaban, piedras que parecían haberse hecho a un lado, senderos que de pronto se volvían más claros.

—Ellos saben por dónde sí… y por dónde no —decía.

Y ahí es donde uno empieza a entender que no todo era juego.

Porque también había lugares… donde no estaban.

Zonas del camino donde el monte se sentía distinto. Donde el aire no corría igual. Donde los pájaros dejaban de cantar.

Ahí, mi abuelo pedaleaba más rápido.

Nunca se detenía.

Nunca.

Una vez, según él, se le cayó una carta en uno de esos tramos.
Se dio cuenta metros adelante.
Frenó.

Se bajó de la bicicleta.

Y justo cuando iba a regresar por ella… escuchó algo.

No era un animal.
No era viento.
No era nada que pudiera explicar fácil.

Era como un respiro… pero más profundo. Más pesado.
Como si algo grande estuviera oculto… esperando.

Dice que en ese momento, por primera vez, no escuchó a los duendes.

Ni uno solo.

Y eso fue lo que más le inquietó.

Se quedó inmóvil unos segundos… y luego hizo algo que nunca hacía:

No regresó por la carta.

—Hay cosas que no se deben recoger —me dijo una vez, años después—. Aunque sean tu responsabilidad.

Pero esa no fue la única vez.

Con el tiempo, las historias empezaron a cambiar.
Ya no hablaba tanto de las travesuras.
Hablaba más de los silencios.

Y de algo más.

Algo que no pertenecía al monte… pero lo caminaba como si fuera suyo.

Algo que, según él, ni siquiera los duendes podían detener.

El nahual.

Yo me acuerdo perfecto de la primera vez que lo mencionó así, sin rodeos.
No como leyenda… sino como advertencia.

Mi abuela, que siempre lo escuchaba mientras cosía, levantó la mirada.
No dijo nada.

Pero dejó de mover la aguja.

Y eso… en esa casa… nunca pasaba.

Pasaron los años, y muchas de esas historias se fueron quedando como recuerdos borrosos… hasta que una noche, ya siendo yo más grande, mi abuelo me llamó.

Sacó de un cajón viejo una bolsa de cuero.

La abrió con cuidado.

Y de ahí sacó una carta.

Amarillenta.
Arrugada.
Con los bordes desgastados… como si hubiera viajado demasiado.

—Esta… —me dijo— no la debía haber tenido tanto tiempo.

La sostuvo unos segundos.

Y luego me la extendió.

—Nunca tuvo remitente… pero siempre tuvo destino.

La tomé.

Y en cuanto mis dedos tocaron el papel…

Sentí frío.

No un frío normal.

Un frío que no venía de afuera.

Levanté la mirada.

—¿Y por qué no la entregaste, abuelo?

Don Manuel no respondió de inmediato.

Solo se acomodó el sombrero… como si necesitara cubrirse de algo invisible.

Y entonces dijo algo que, hasta hoy, no he podido olvidar:

—Porque esa carta… mijo…
no era para alguien que estuviera vivo.


Hay historias que empiezan con curiosidad…
y terminan con advertencias.

Esta apenas comienza.

Pero si algo aprendí esa noche es esto:
no todo lo que se entrega… llega.
Y no todo lo que llega… debería abrirse.

Porque a veces…
el verdadero peligro no es lo que ves en el camino…

sino lo que decides cargar contigo.

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