Cartas que no debieron entregarse

Capítulo 2 — Los pequeños guardianes

Hay cosas que uno cree… hasta que las ve.
Y hay otras… que incluso viéndolas, cuesta aceptar.

Durante mucho tiempo pensé que mi abuelo exageraba.
Que los duendes eran solo una forma bonita de contar sus recorridos, de hacer más llevaderas esas horas eternas entre monte, humedad y silencio.

Pero con los años entendí algo:
nadie sostiene una mentira durante tanto tiempo… con ese nivel de detalle.

Y mucho menos… con ese nivel de miedo.


Mi abuelo siempre decía que los duendes no se dejaban ver como uno quisiera.
No era como voltear y encontrarlos ahí, parados, saludando.

No.

Había que aprender a notar lo que no debería moverse… moviéndose.

Una hoja que temblaba sin viento.
Una piedrita que cambiaba de lugar cuando no estabas mirando.
Un susurro chiquito, como risa contenida, justo detrás de uno… pero que desaparecía al girar la cabeza.

—Ellos no se muestran… se sienten —decía.

Y en el monte, sentir… era sobrevivir.

Al principio, según él, todo era juego.

Le escondían el sombrero.

No una vez… muchas.
Se lo quitaban sin que se diera cuenta, y cuando se tocaba la cabeza, ya no estaba.
Se bajaba de la bicicleta, renegaba, daba unos pasos… y de pronto lo encontraba colgado en una rama, perfectamente acomodado, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de colocarlo ahí con cuidado.

—Traviesos… —murmuraba, pero con una sonrisa.

El lunch que le preparaba mi abuela Rosita también era víctima de esas bromas.

Un día abría su morral y no estaba.
Se enojaba, claro. Caminaba unos metros más… y lo encontraba intacto, pero en otro compartimento donde juraba no haberlo puesto.

Lo curioso no era que desapareciera.

Lo curioso… era que siempre regresaba.

Y eso, con el tiempo, dejó de parecerle un juego.

Porque empezó a notar algo más.

Los duendes no solo jugaban.
Guiaban.

Había días en los que el camino amanecía distinto.
Más limpio. Más claro.
Ramas caídas que la tarde anterior estaban ahí, de pronto ya no.
Zonas de lodo que parecían haberse secado lo suficiente como para permitirle pasar sin problema.

—Ellos me abren paso —decía.

Pero no lo hacían siempre.

Y ahí es donde todo empezaba a ponerse… raro.

Había momentos en los que, de la nada, los duendes se volvían más insistentes.
Más intensos.

Como si quisieran llamar su atención.

Nunca los había sentido así… no inquietos, no nerviosos… sino como si supieran que algo venía antes que yo.

Una vez, me contó, iba pedaleando con normalidad cuando empezó a escuchar ruidos a los lados del camino.
No uno… muchos.

Hojas agitándose, pasos pequeños corriendo de un lado a otro, ramas que crujían como si algo brincara de una a otra.

—Era demasiado movimiento… —me dijo—. Demasiado.

Se detuvo.

—¿Qué traen ahora? —preguntó en voz alta, medio en broma, medio en serio.

Y entonces pasó.

Su bicicleta, que había dejado apoyada contra un tronco… se cayó.

Pero no como cuando se resbala.

No.

Se cayó hacia él.

Como si alguien la hubiera empujado.

Don Manuel frunció el ceño.

Eso… no era normal.

Se acercó, la levantó… y justo cuando iba a volver a montarse, sintió un tirón en el pantalón.

Ligero.
Pero claro.

Volteó.

Nada.

Solo el monte.

Pero al dar un paso más… el tirón volvió.

Más fuerte.

Y entonces entendió.

—No querían que avanzara.

Se quedó quieto.

Escuchando.

Sintiendo.

Y fue ahí cuando lo notó.

El silencio.

Un silencio distinto.

No el del monte en calma.
No el de la madrugada antes del canto de los pájaros.

Este era… pesado.

Como si todo alrededor estuviera conteniendo la respiración.

Los duendes seguían ahí.
Lo sabía.

Podía sentirlos.

Pero ya no jugaban.

No se reían.

No corrían.

Estaban… tensos.

—Cuando ellos se callan… —me dijo mi abuelo, años después— es porque algo más está hablando.

Ese día no avanzó.

Dio media vuelta.

Y tomó otro camino, más largo, más complicado.

—Más seguro —según él.

Pero no siempre podía hacerlo.

Había rutas que no tenían alternativa.

Lugares donde tenía que pasar… quisiera o no.

Y fue en uno de esos trayectos donde todo cambió.

Los duendes ya no solo escondían cosas.

Empezaron a mostrarle cosas.

Sombras donde no debía haberlas.
Marcas en la tierra.
Rastros que parecían de animal… pero no de uno cualquiera.

—No eran de perro… ni de coyote común —decía—. Eran… otra cosa.

Más grandes.
Más profundas.

Como si lo que caminaba ahí… pesara más de lo que debería.

Y aun así, lo más inquietante no eran las huellas.

Era lo que no estaba.

No había sonidos alrededor.

Ni insectos.
Ni aves.
Ni viento.

Nada.

—El monte se queda mudo… —decía— cuando algo lo está observando.

A partir de ese momento, las travesuras cambiaron.

Ya no eran bromas.

Eran advertencias.

Su sombrero ya no desaparecía… ahora caía al suelo justo cuando estaba a punto de entrar a ciertas zonas.

El lunch no se perdía… se abría solo, como obligándolo a detenerse.

Su bicicleta se atascaba en la tierra sin razón aparente… justo antes de avanzar hacia ciertos tramos.

—Me estaban frenando… —me dijo—. Como podían.

Y entonces, una tarde, ocurrió algo que nunca le había pasado.

Algo que, según él, fue la primera vez que sintió que los duendes… tenían miedo.

Iba en uno de esos caminos estrechos, rodeado de vegetación espesa, cuando de pronto todo a su alrededor empezó a moverse.

Pero no como antes.

No era juego.

Era desesperación.

Hojas agitándose sin ritmo.
Ramas golpeándose entre sí.
Pequeños sonidos… rápidos, caóticos.

Como si algo estuviera corriendo… pero no alejándose.

Acercándose.

Don Manuel frenó en seco.

Se bajó de la bicicleta.

Y por primera vez en todos esos años…

—Sentí que ya no me estaban cuidando… —me dijo—. Sentí que me estaban dejando solo.

Los duendes se dispersaron.

De golpe.

El monte quedó en silencio.

Y entonces…

lo escuchó.

Un sonido bajo.
Rasposo.

Un respiro… que no era humano.

No vio nada.

Pero lo sintió.

Muy cerca.

Demasiado.

No corrió.

No gritó.

No hizo nada.

Se quedó completamente quieto.

Porque en ese momento entendió algo que nunca había entendido antes:

Los duendes podían guiarlo.
Podían advertirle.
Podían incluso… protegerlo.

Pero había algo…

algo que no podían enfrentar.

Y eso…

eso estaba en el mismo camino que él.


A veces creemos que estar acompañado es suficiente.

Que mientras haya algo o alguien cuidándonos… estamos a salvo.

Pero hay presencias que no buscan enfrentarte de frente.

Esperan.

Observan.

Aprenden.

Y cuando finalmente aparecen…

no es para jugar.

Es para recordarte…
que no todo lo que habita el camino… quiere que llegues a tu destino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar