Capítulo 3 — El monte también guarda silencio
Hay silencios que descansan…
y otros que pesan.
Mi abuelo aprendió a distinguirlos sin que nadie se lo enseñara.
Porque cuando pasas suficiente tiempo en el monte, entiendes que el ruido no es lo normal… lo normal es el equilibrio.
Y cuando ese equilibrio se rompe…
no es casualidad.
Después de ese día, algo cambió.
No de golpe.
No como esas historias donde todo se vuelve oscuro de un momento a otro.
No.
Fue más sutil.
Más peligroso.
Porque el cambio… se fue metiendo poco a poco.
Mi abuelo seguía haciendo sus recorridos.
Seguía levantándose antes del amanecer, tomando café con mi abuela Rosita mientras ella ya tenía medio vestido armado entre las manos, despidiéndose de sus hijos que aún dormían o apenas comenzaban a moverse para ir a la escuela.
La vida seguía.
Pero el monte… no.
Había tramos donde los duendes ya no aparecían.
Antes, incluso en los días más tranquilos, siempre había alguna señal: una hoja fuera de lugar, una risa lejana, una sensación de compañía.
Ahora… había espacios vacíos.
Vacíos de esos que no se ven… pero se sienten.
—El problema no es cuando no están… —me dijo una vez—.
El problema es por qué no están.
Esos lugares empezaron a repetirse.
Primero uno.
Luego dos.
Después, rutas completas donde no había ni rastro de ellos.
Y con su ausencia… llegaron otras cosas.
Al principio fueron rumores.
En el pueblo, la gente empezó a hablar en voz baja.
Animales que aparecían muertos sin explicación clara.
Gallinas destrozadas.
Cabras que desaparecían sin dejar más que un rastro de tierra removida.
—Son coyotes —decían algunos.
Pero otros… no estaban tan seguros.
Porque los coyotes no matan así.
No dejan las cosas a medias.
No destruyen por destruir.
Y sobre todo…
no hacen que el monte se quede en silencio.
Mi abuelo comenzó a notar las marcas.
Al principio, pensó lo mismo que todos.
Hasta que las vio bien.
Eran huellas.
Pero no normales.
No eran las típicas de un animal que pasa buscando alimento.
Estas estaban más profundas.
Más marcadas.
Como si quien las dejaba… no caminara ligero.
Como si cada paso… pesara más de lo que debería.
—No era un coyote cualquiera —decía—.
Eso lo supe desde la primera vez.
Las huellas aparecían en los mismos tramos donde los duendes ya no estaban.
Y eso… no era coincidencia.
Un día, mientras revisaba su morral antes de salir, mi abuela le preguntó algo que, según él, le heló la sangre.
—¿Todavía te acompañan?
Mi abuelo levantó la mirada.
No respondió de inmediato.
—A veces… —dijo.
Ella asintió, pero no volvió a preguntar.
Solo le acomodó el lunch dentro del morral, como siempre…
aunque esa vez lo hizo más despacio.
Como si supiera.
Como si algo dentro de ella también entendiera…
que algo no estaba bien.
Ese mismo día, el camino se sintió distinto desde el inicio.
No había ruidos.
Ni siquiera al amanecer.
El aire estaba pesado.
Húmedo.
Como si cada respiración costara un poco más.
Mi abuelo avanzó con cautela.
Pedaleando más lento.
Escuchando.
Siempre escuchando.
Y entonces…
lo sintió.
No un sonido.
No una presencia clara.
Una sensación.
Como cuando alguien te observa desde lejos…
y no sabes desde dónde.
Se detuvo.
Bajó de la bicicleta.
Miró alrededor.
Nada.
Pero el silencio seguía ahí.
Pegado a todo.
Denso.
Y entonces lo escuchó.
Un paso.
Leve.
A su derecha.
Giró.
Nada.
Otro paso.
Más cerca.
A su izquierda.
El monte no se movía.
No había hojas agitándose.
No había ramas rompiéndose.
Solo ese sonido.
Seco.
Preciso.
Como si algo caminara con intención…
pero sin querer ser visto.
No era la sensación de que algo quisiera alcanzarme… era peor… era como si quisiera asegurarse de que yo no me desviara.
—Ahí fue cuando entendí… —me dijo—
que no me estaba siguiendo algo normal.
Mi abuelo tomó la bicicleta con más firmeza.
No corrió.
No podía.
El terreno no lo permitía.
Pero aceleró el paso.
Uno.
Dos.
Tres metros.
Y entonces…
el sonido también aceleró.
Sin romper el silencio.
Sin delatarse del todo.
Pero ahí.
Siempre ahí.
A la misma distancia.
Ni más cerca.
Ni más lejos.
Acompañándolo.
Marcándolo.
Como si estuviera… jugando con él.
Mi abuelo no volteó de nuevo.
Sabía que no debía hacerlo.
Lo sentía.
Esa intuición que no se explica… pero que se obedece.
Y entonces, justo cuando el camino comenzaba a abrirse hacia una zona más clara…
todo se detuvo.
El sonido.
La sensación.
El aire pesado.
Todo.
Como si nada hubiera pasado.
Mi abuelo se detuvo también.
Respiró.
Escuchó.
Y fue ahí…
cuando algo peor ocurrió.
El monte siguió en silencio.
Pero no en ese silencio de peligro.
No.
En uno más profundo.
Más extraño.
—Como si algo ya hubiera decidido… —me dijo—
que no valía la pena seguirme.
Esa noche, al regresar a casa, no contó nada.
Se sentó a cenar con la familia.
Escuchó a sus hijos hablar de la escuela, de sus cosas, de la vida que seguía normal para ellos.
Mi abuela lo miraba de reojo.
Notando.
Esperando.
Pero no preguntó.
Hasta que todos se fueron a dormir.
Entonces sí.
—¿Lo viste? —le dijo.
Mi abuelo negó con la cabeza.
—No.
—¿Pero lo sentiste?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Sí.
Mi abuela bajó la mirada.
Y entonces dijo algo que, según él, nunca había dicho antes.
—Entonces ya sabe quién eres.
Mi abuelo frunció el ceño.
—¿Quién?
Ella levantó la vista.
—El nahual.
El aire dentro de la casa cambió.
No por el viento.
No por la noche.
Por la palabra.
Porque decirlo en voz alta…
era aceptar que no era una historia.
No era un rumor.
No era una coincidencia.
Era real.
Y lo peor de todo…
era que ya no era algo lejano.
Ya no era algo que “pasaba en otros lados”.
Ahora…
estaba en su camino.
Hay cosas que pueden ignorarte toda la vida.
Pasar a tu lado sin notarte.
Pero hay un momento…
en el que cruzas una línea invisible.
Y a partir de ahí…
dejas de ser espectador.
Te vuelves parte de la historia.
Y cuando eso pasa…
ya no importa si crees o no.
Porque lo que te observa…
ya decidió que existes.