Cartas que no debieron entregarse

Capítulo 6 — Lo que los duendes no podían hacer

Hay momentos en los que el miedo deja de ser externo.

Ya no está en lo que ves.
Ni en lo que te persigue.

Está en lo que entiendes.

Mi abuelo siempre dijo que ese fue el punto exacto donde todo cambió…
no cuando vio al nahual,
sino cuando comprendió qué quería.

Y por qué él… estaba ahí.


El nahual no avanzó más.

No hizo falta.

La distancia que había entre ellos…
ya no importaba.

Porque lo que estaba pasando no tenía que ver con cercanía.

Tenía que ver con intención.

Mi abuelo lo sintió en el pecho.

Ese peso.

Esa presión.

No como amenaza.

Como exigencia.

El morral se movió otra vez.

Más fuerte.

La carta.

Empujando desde dentro.

Como si quisiera salir.

Como si…

respondiera.

—No era miedo lo que sentía… —me dijo—
era otra cosa… como si algo me estuviera pidiendo que terminara lo que ya había empezado.

Los duendes seguían ahí.

Pero lejos.

Moviéndose entre los árboles.

Sin acercarse.

Sin intervenir.

—Ahí entendí… —dijo—
que no podían.

No porque no quisieran.

Porque no les correspondía.

El monte no estaba de su lado.

Ni del lado del nahual.

Estaba…

equilibrando.

Mi abuelo respiró hondo.

Lento.

Como tratando de recuperar control.

Pero ya no lo tenía.

No completamente.

Porque algo dentro de él…

ya sabía.

Miró al frente.

El nahual seguía ahí.

Inmóvil.

Pero no pasivo.

Esperando.

No a que él se moviera…

a que decidiera.

—No vienes por mí… —dijo en voz baja.

El nahual no reaccionó.

Pero el aire sí.

Se tensó.

—Vienes por esto.

Se llevó la mano al morral.

Lo sostuvo.

Y en ese momento…

la carta se movió.

Fuerte.

Como si respondiera a sus palabras.

Como si confirmara.

—Ahí fue cuando todo se acomodó… —me dijo—
cuando entendí que yo no era el objetivo.

Era el medio.

El silencio se volvió más profundo.

Pero no pesado.

Claro.

Como cuando algo finalmente tiene sentido… aunque no te guste.

Mi abuelo cerró los ojos un segundo.

Solo uno.

Y en ese instante…

lo vio.

No con los ojos.

Con la memoria.

Una imagen.

Rápida.

Fragmentada.

Un hombre.

No un coyote.

Un hombre.

Caminando por ese mismo monte.

Pero diferente.

Más joven.

Más… humano.

Y luego…

otra imagen.

El mismo hombre.

Pero ya no igual.

Torcido.

Cambiado.

Perdido.

—No era una bestia… —susurró—
fue alguien.

Abrió los ojos.

El nahual seguía ahí.

Pero ahora…

ya no se veía igual.

No completamente.

Había algo en su forma…

que parecía sostenerse con esfuerzo.

Como si la figura de coyote fuera…

una máscara.

Una forma que ya no le pertenecía del todo.

Mi abuelo sintió algo en el pecho.

No miedo.

Algo más cercano a…

pena.

Y eso lo descolocó.

Porque uno no siente pena por lo que le quiere hacer daño.

Pero ahí…

no era tan claro.

—¿Qué hiciste…? —murmuró.

El nahual inclinó la cabeza.

Y por un segundo…

sus ojos cambiaron.

No de forma.

De intención.

Como si algo dentro de él…

escuchara.

La carta volvió a moverse.

Más intensa.

Más urgente.

Mi abuelo entendió.

No era una herramienta.

No era un objeto.

Era…

un recordatorio.

Algo que ese ser…

no podía sostener por sí mismo.

Algo que necesitaba…

enfrentar.

Y él…

tenía que entregarlo.

Pero no como cartero.

No como rutina.

Como decisión.

Los duendes se movieron.

Lejos.

Más lejos.

Como si se retiraran.

Como si ese momento…

ya no les correspondiera.

—Ellos no podían hacerlo… —me dijo—
pero sí podían traerme hasta aquí.

Mi abuelo tomó el morral.

Lo descolgó lentamente.

Lo sostuvo frente a él.

El nahual no se movió.

Pero el aire…

se tensó.

—Esto… no es mío —dijo.

Silencio.

—Y no me lo voy a llevar de regreso.

La carta vibró.

Fuerte.

Como si respondiera.

Como si…

estuviera de acuerdo.

Mi abuelo dio un paso al frente.

Uno solo.

El nahual no retrocedió.

No avanzó.

Se mantuvo.

Esperando.

Aceptando.

—Ahí supe… —me dijo—
que no iba a pelear…

ni conmigo… ni con nadie.

Iba a enfrentar.

Y eso…

era peor.

Porque no hay forma de escapar de eso.

Mi abuelo tragó saliva.

Y por primera vez desde que todo comenzó…

no sintió miedo.

Sintió claridad.

—Hay cosas… —me dijo—
que no se castigan…

se recuerdan.


No todo lo oscuro quiere destruir.

Algunas cosas…

quieren terminar.

Cerrar.

Recordar lo que fueron…

aunque eso las rompa.

Y lo más difícil de todo…

es cuando te das cuenta
de que no eres quien debe detenerlas…

eres quien debe ayudar a que eso pase.

Aunque no entiendas del todo…

lo que estás soltando en el proceso.

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